07/02/2017 Colegio Orvalle

A mi hijo no le gusta leer…¿Qué puedo hacer?

Los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, de eso no cabe duda, pero muchas veces erramos en el modo de conseguirlo, y, de eso, tampoco cabe duda. Todos estamos de acuerdo en que leer es bueno, beneficioso. No todos nos paramos a pensar en que leer es divertido y placentero, y es precisamente esa falta de meditación en su faceta lúdica lo que asfixia, hasta casi ahogarlo, el gusto por la lectura.

Las siguientes órdenes nos resultarían un poco extrañas a cualquiera:

-María, ve ahora mismo a pasarlo bien.

-Juan, deja de molestar y ponte a jugar al fútbol.

Nadie ordena a un niño que se divierta, por la sencilla razón de que todos asumimos que los niños desean divertirse. Es un hecho observable.

En cambio, sí ordenamos: haz los deberes, ponte a estudiar, limpia tu habitación… vete a leer un rato (y, de paso, déjame tranquilo). Hemos asociado la lectura a las obligaciones, a las cosas tediosas, a lo que no divierte, y así se lo transmitimos a nuestros hijos. Eso sí, luego queremos que lean, que quieran leer, que deseen leer. Es una contradicción. No somos conscientes del daño que hacemos con esa actitud al lector que cada niño lleva dentro. Sabemos (y ellos, en el fondo, también) que la lectura es buena, positiva. Pero es que también es bueno acostarse temprano, tomar verdura e ir al dentista. No necesariamente lo bueno es siempre divertido. Hemos asociado en nuestro hogar la lectura a la obligación, y, con esa actitud, hemos dado muerte al placer de leer.

Es una tragedia, porque no siempre fue así. Todos los niños, salvo contadas excepciones, aprenden a leer con ilusión, con ansia. Asisten emocionados a uno de los descubrimientos más maravillosos de su vida. Esas líneas, ayer ilegibles ¡son una palabra! ¡Es mi nombre! Al principio quieren leerlo todo: reconocen las letras en las matrículas de los coches, en los carteles publicitarios, en las cajas de cereales… después ¡pueden leerlas! Un poco más tarde empieza el cuento por las noches. Una vez que el niño adquiere cierta autonomía, podemos librarnos de la penosa costumbre de leer con él todas las noches. Es una lástima. Es un rato de intimidad insustituible y una ocasión extraordinaria para educar. No tiene que durar más de diez o quince minutos, nosotros ponemos el límite, pero no dejemos la bendita costumbre de leer juntos un libro hasta que él nos lo pida.

El amor por la lectura es altamente contagioso, en algunas edades más que en otras. Si un niño ve que sus padres leen, que disfrutan, que descansan con un libro, pronto querrá imitar su comportamiento. En el caso de los adolescentes tenemos que ser pacientes. Están en un momento de cambio, de crisis, y puede que el niño lector abandone el hábito en la adolescencia. No pasa nada, normalmente acaba volviendo, siempre que no cometamos el error de tratar de imponérselo como una obligación, porque eso le producirá rechazo. No existe la obligación de leer, existe la necesidad de leer. Tiene que experimentarla. Pero no nos asustemos, hay muchos cambios en su vida. Si ya no se comporta como el niño que era, es porque ya no lo es. No podemos pretender que cambien tantas facetas de su existencia, y sus gustos y costumbres literarias permanezcan inalterables. No es realista.

Para facilitarle la vuelta, podemos cuidar el ambiente que se respira en el hogar. Si en casa hay siempre ruido, están la televisión o la radio continuamente puestas, si no hay momento para el sosiego, es muy difícil que nadie se ponga a leer. Hace falta un mínimo de introspección para alargar la mano y abrir un libro con interés, al menos al principio. Para la calma, ayuda mucho no tener el día lleno de actividades. Es muy difícil que un niño saturado de actividades quiera leer por propia iniciativa. No tendrá tiempo de planteárselo siquiera. Necesita tiempo para pensar, tiempo para la creatividad. Necesita, incluso, tiempo para aburrirse.

En resumen. Para crear un niño lector, tienes que leer tú mismo, esta es la premisa número uno. Es cierto que padres no lectores tienen hijos lectores, pero no es lo más corriente. Si no sientes la necesidad de leer, no leas, estás en tu derecho. No amar la lectura no es un delito, es una opción, no eres peor persona. La lectura no es una obligación moral, no puede ser una carga, por lo que tampoco puedes imponérsela a otros, aunque sean tus propios hijos.

Alguno me dirá que no tiene tiempo para leer. No te engañes, en la vida adulta no existe el tiempo para leer. Como dice Pennac, “el tiempo para leer es siempre tiempo robado”: a la televisión, a Google, al chat, a ir de compras… incluso al sueño. Solo es cuestión de prioridades.

No leas, no pasa nada. Pero lo que nunca debes hacer es sermonear al niño con la «necesidad» de leer. A la larga estarás perdiendo crédito ante él, porque no predicas con el ejemplo. Y estarás minando la posibilidad de que un futuro lector (que lo encontrará a lo largo de su vida) le descubra el fascinante mundo de la palabra escrita.

Un último consejo, ante la duda, recuerda esta frase de Daniel Pennac:

El verbo leer no admite el imperativo[1].

Lo creas o no, habremos conseguido un gran avance.

 

Mª del Carmen López Cebrián,

Profesora de Secundaria en el Colegio Orvalle

[1] Pennac, Daniel. Como una novela. Editorial Anagrama. Barcelona, 1993.

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