21/11/2016 Colegio Orvalle

La semana del «juego»

A lo largo de esta semana, María Galvache García, profesora de Educación Infantil en el Colegio Orvalle de Madrid, se sumerge en el mundo del juego infantil y compartirá con padres y profesores sus reflexiones y consejos.

El juego infantil es un hecho difícil de definir, quizás porque los hechos más relevantes en la vida humana reservan siempre un fondo de misterio. Distintas teorías han intentado definir o explicar ese hecho incuestionable en la vida infantil.

Para la teoría del ejercicio preparatorio, el juego es un procedimiento instintivo de adquisición de aquellos comportamientos que más tarde tendrá que afrontar el niño en su vida adulta. Para la teoría de la energía superflua, el niño pletórico de energía, al no poder darle salida en ocupaciones serias, cede la sobrante por los canales que el hábito ha creado en los centros nerviosos.

Según Johan Huizinga, en su obra Homo Ludens (1938), el juego es “una acción y ocupación libre, que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas, acción que tiene un fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría, y de la conciencia de ser de otro modo que en la vida corriente”. En todo caso, cualquiera que sea la definición de la actividad lúdica, el juego es un proceso de aprendizaje en la Educación infantil.

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La tendencia natural del niño a jugar puede ser utilizada para estimular y ejercitar las capacidades físicas, psicomotoras, intelectuales y afectivas del niño. Durante el proceso del juego se van elaborando formas y hábitos de pensar, actuar y sentir, que definirán en última instancia la personalidad propia.

En sus juegos espontáneos o dirigidos, el niño aprende haciendo, experimentando, explorando; elabora su pensamiento en medio de los “objetos lúdicos” y por la interacción con los objetos construye su inteligencia.

Requisitos que han de cumplir los juguetes para que cumplan con las expectativas educativas que de ellos se esperan:

  • Que respondan a los intereses, proceso madurativo y a los requerimientos de su mundo interior.
  • Han de permitir, por muy estructurados que estén, que el niño pueda tejer en ellos libremente su imaginación.
  • No han de ser excesivos sino limitados: el exceso de juguetes devalúa el juego y dificulta el progreso del mismo.
  • El juguete debe ser sencillo, que facilite el progreso del juego, lo que no se consigue con el juguete automático o complicado.
  • El juguete debe facilitar la socialización de los niños. Juguetes que no sean sólo para mirar y guardar sino para compartir.
  • Debe prestarse especial atención a aquel “objeto depositario de un especial afecto y atención, por parte del niño; que trae y lleva amorosamente al colegio y que lo requiere a la hora de acostarse. Si bien ese objeto se hace presente en la vida del niño hacia los 4-6 meses, es difícil precisar cuándo puede prescindir de él, ya que cada niño vivencia esta relación de un modo especial. La pieza de transición se trata de un objeto cálido y gratificante para él, que posee realidad propia y procede de la madre o persona vinculada afectivamente al niño (un pañal, una almohadita, un pollito, un osito, etc.). En el ámbito de la educación infantil, el enfoque de esta posesión del niño no puede ser olvidado, al ser un trampolín entre el mundo subjetivo y el objetivo; como bien expresa el propio Winnicott “la adaptación a la realidad nunca queda terminada y el alivio está en esa zona intermedia que no puede ser objeto de ataques”.

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El juego simbólico o de ficción suele considerarse como el más típico y el que reúne los caracteres de juego en forma más sobresaliente. Es el juego por excelencia de la etapa de la educación infantil y marca el apogeo del juego infantil. Es el juego de “hacer como sí”. Lo más importante es que no se produce una situación repetitiva, aun tratándose del mismo juego y el mismo jugador, cada nueva representación incluye elementos nuevos, nuevas investigaciones, mayor ajuste a la realidad, enriquecimiento del detalle.

El juego simbólico da ocasión al niño de asimilar la realidad a los requerimientos de su yo personal y, a la vez le va estimulando a un ajuste gozoso a la realidad simbolizada.

¡Mañana continuaremos reflexionando acerca del juego y su valor educativo!

María Galvache,

Profesora de Educación Infantil en el Colegio Orvalle

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